La clase media argentina está parcelada en 3 niveles. Media Alta, media tipo y media baja.

La primera tiene algo de margen, las últimas dos han caído. Una, a la media baja y la última a la pobreza.

En todos los casos, nuestras clases medias tienen un nivel cultural que hace que el desorden, la protesta y la violencia les sean repudiables. Hasta sus expresiones y marchas son educadas. Las piedras o el enfrentamiento a las Fuerzas del orden les son ajenas. El Gobierno lo sabe y por eso no le importa. Cuenta con esa pasividad. Una suerte de… déjenlos hacer catarsis que no molestan a nadie.

Así, primero el coronavirus y luego la novela de la vida, muerte y sucesión de Maradona, se transformaron en la morfina política para anestesiar el cuerpo social, conducirlo y acobardarlo. La creciente estructura de empleados públicos es luego la base militante de la vergüenza rentada. De esta manera nadie habla sobre los casi 4 millones de desocupados, el 45 % de pobres, el 10 % de indigentes y de que casi 7 de cada 10 menores de 14 años sean pobres.

“El ajuste no se explica. Se niega”. Eso dijo el asesor de un ministro.

Se cayeron los salarios. Descongelamiento de tarifas. Impuestos nuevos o viejos a la alza. Reducción de los salarios de los jubilados, 9 millones sin IFE y 1 millón y medio con 8000 pesos de tarjeta alimentar. Y hoy nos sorprende un nuevo aumento de la nafta, que sabemos que esto significa un nuevo aumento en todo lo que se transporte.

Estamos rozando la violencia social y política. Y no serán las muy golpeadas clases medias quienes la inicien. Serán los así llamados sectores populares; clases bajas e indigentes que han tomado los ingresos económicos extraordinarios por el Covid como un derecho adquirido. Millones de familias enteras que han quedado sin trabajo y han recibido del Estado billones de pesos sin contraprestación alguna…, pero la plata se acaba y los servicios no pueden mantenerse eternamente congelados.

La situación parece tan obvia que incluso aquellos que callaron o no lo advirtieron dirán… era obvio que iba a pasar. No se puede, no en Democracia, transformar el Estado en el único empleador dadivoso de sumas de dinero miserables que no solucionan nada pero acortan el hambre y la sed.

Las soluciones no llegan… y no llegan porque no se puede hacer populismo sin plata y porque el Estado no quiere dejar de ser una piraña en un estanque de mojarritas. Se sienten más cómodos recaudando que produciendo. Se sienten más cómodos encontrando culpables que buscando sus propias responsabilidades.